Regresando a Casa

Foto: Pau Rivera

A los 23 años me iría por primera vez de la casa de mis padres para estudiar afuera, probablemente impulsado más por el deseo de sentir independencia que por el deseo de estudiar.

Años antes de irme, había empezado a entender que la sobreprotección era una de las formas de demostrar amor de mis padres, y que la aversión al riesgo influenciaba muchas de las decisiones tomadas en casa. Sentí cómo esa influencia comenzaba a filtrarse en mi forma de pensar y, con cada oportunidad perdida, entendía que no era la mentalidad con la que yo quería vivir.

Me fui de alguna forma resintiendo esta manera de demostrar amor: el no dejar caer solo, el no dejar fallar y aprender por uno mismo. Por lo que, al salir de mi casa, también salí emocionalmente, creando intencionalmente una barrera en mi comunicación con ellos. No quería mantener esta influencia en la siguiente etapa de mi vida; necesitaba reducir el volumen de esa voz, tomar mis propios riesgos y asumir por mí mismo sus recompensas o sus consecuencias.

Me tomaría años sobrepasar un resentimiento mantenido mucho más de lo necesario, y hacer el esfuerzo de acercarme nuevamente a mi familia. Pero la verdad, no estaba haciendo el mejor esfuerzo para lograrlo.

Luego, el 4 de enero, a mis 41 años, una cirugía cervical me obligó a regresar a mi hogar nuevamente, pero no como alguien de 41, sino más bien como un niño de tres o cuatro años: asistido desde el momento de levantarme de la cama, necesitando ayuda para comer, bañarme y básicamente para cualquier tarea de la vida diaria. Regresé comportándome como el niño que ellos quisieran que fuera, pero sintiéndome como el adulto que soy

Limitado únicamente a leer, comer, descansar y observar lo que pasaba a mi alrededor, con el paso de los días me fui dando cuenta de que había regresado para reencontrarme y hacer las paces con mi hogar. Mi vulnerabilidad, mezclada con mi edad y probablemente con el cóctel de pastillas, me dio el tiempo y la calma suficiente para apreciar mi casa por lo que es, y no por lo que debía ser para mí.

Durante muchos años vi mi hogar con “atención selectiva”, dejando de apreciar una gran parte de lo que pasaba a mi alrededor, porque solo una pequeña parte era de mi interés. Detenerme de esa manera me dio la oportunidad de apreciar lo que por años simplemente pasaba frente a mí.

Cuando, después de dos o tres semanas, finalmente logré levantarme de la cama solo, cada mañana abría la puerta del cuarto en el que había crecido para sumergirme nuevamente en su mundo. Aquí, la complicidad de mis padres, mi nana y sus 42 años compartiendo el mismo techo se respira en cada conversación, en cada mirada, en cada comentario. Y el deseo de mis padres de seguir cuidando y protegiendo ha encontrado ahora un nuevo propósito en Sebastián, el niño de tres años que vive en casa, hijo de la asistente que cuida a mi tía abuela de 102 años.

Noté el cuidado con el que mi papá observa sus flores y plantas al regarlas, inspeccionando con paciencia la forma en que van creciendo, discutiendo con mi nana si necesitan más o menos agua. La profundidad con la cual mi mamá percibe el mínimo cambio en cada uno de nosotros, buscando anticipar cualquier señal que afecte nuestra felicidad o nuestra salud. La atención que mi nana presta a cómo nos sirve el café, asegurando que esté más caliente para mi papá y menos caliente para mí, con la cantidad exacta de leche…cada taza siendo un gesto de afección.

Pero más que sus rutinas personales, comencé a ver su forma de convivir con otros ojos: sus discusiones sobre si abrir o no las ventanas, porque si bien hace calor, es mejor no dejar entrar el polvo; los tres o cuatro recordatorios mandatorios sobre la hora de tomar la medicina; el respeto casi sagrado por la hora de los partidos; el momento de jugar carritos con Sebastián y el impulso espontáneo de repetir sus palabras para ayudarlo a pronunciarlas correctamente.

Dejamos de buscar la belleza en la trivialidad de lo conocido, al estar sumergidos en la rutina de cumplir objetivos, en el juego de los algoritmos que invitan a glorificar solo lo nuevo, lo diferente o lo especial.. Ciertamente es una realidad en la que yo estaba sumergido, y no niego que probablemente volveré a estarlo de alguna forma.

Tal vez las circunstancias que me permitieron tener esta pausa y reencontrarme de esta manera con mis padres y mi hogar no fueron las ideales, pero agradezco profundamente los tres meses que acaban de pasar, porque me dieron algo que probablemente no hubiera podido obtener de otra forma.


Next
Next

I have been lying to you about El Salvador